Existía una ley en el antiguo pueblo de Dios por la que se mandaba que le primer hijo o hija que naciera en la familia fuera presentado y ofrecido al Señor. Era el signo por el que se manifestaba que aquel nuevo ser pertenecía a Dios, era propiedad del Señor. Hoy la Iglesia nos invita a todos los religiosos y religiosas a tomar conciencia de que nosotros pertenecemos al Señor, somos suyos, como todo lo creado. Por el bautismo hemos entrado a formar parte consciente de la humanidad que le pertenece. Pero hay algo más, nosotros hemos querido responder a su invitación de amor, de una manera especial respondiendo con el ofrecimiento de lo único que tenemos y que ni siquiera nos pertenece: la propia vida. Reconocemos a aquel que nos "sedujo" como el Padre de la misericordia que sale siempre a nuestro encuentro, sea cual sea la distancia por la que nosotros caminamos pródigos y perdidos. Es en Él en quien confiamos y por eso no nos importa dar lo poco que tenemos. Es en el Padre en quien ponemos toda nuestra debilidad, porque a Él pertenecemos, porque a Él queremos pertenecer.
Preparémonos interiormente para celebrar juntos este momento de oración.
Exposición y canto
"Cuando renovéis en el corazón vuestra profesión religiosa, recordad aquella inspiración interior del Espíritu, que se encuentra al inicio de vuestro camino.
Recordad cómo esta inspiración ha venido, cómo se ha consolidado, cómo quizás, ha retornado de nuevo después de un cierto tiempo, hasta que, finalmente, habéis reconocido en ella la clara voz de Dios y la fuerza del amor esponsalicio del Señor que llama. Recordadlo agradecidos, con un corazón renovado, para anunciar las grandes obras de Dios. Esta inspiración del Espíritu no puede apagarse. Ella debe perdurar y madurar, junto con la vocación religiosa, durante toda vuestra vida".
Pistas para la meditación:
Lectura: 1Tim 1,12-16
"Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, que me ha fortalecido, porque me ha juzgado digno de confianza al encomendarme el ministerio. A mí, que primero fui blasfemo, perseguidor y violento, y que hallé misericordia, porque lo hacía por ignorancia estando fuera de la fe. Pero la gracia de nuestro Señor se ha desbordado con la fe y el amor que me ha dado Cristo Jesús. Es segura esta doctrina y debe aceptarse sin reservas: Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Precisamente por eso Dios me ha tratado con misericordia, y Jesucristo ha mostrado en mí, el primero, toda su generosidad, de modo que yo sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener la vida eterna".
Meditación
"En este año último de preparación al Jubileo del 2000 estamos invitados a considerar la vida y la historia como una peregrinación hacia el Padre; no se vive para la muerte, sino para la vida, y esta meta final está unida a Aquel que nos viene al encuentro y garantiza nuestra historia como un pacto de alianza con Él. Donde nos abrimos al Otro (ese que nos visita y nos hace salir de nuestros miedos y de nuestros egoísmos para vivir por los otros y con los otros), nacen pactos de paz,encuentros nuevos, diálogos de otro modo imposibles. La existencia es un camino hacia una patria prometida, que nos sale al encuentro como el
Misterio santo al cual confiarse y del que nos podemos dejar alcanzar y salvar. Se trata, en definitiva, de concebir al Padre según la imagen que de él nos da la parábola de la misericordia:
"Jesús dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y acabar su obra" (Jn 4, 34). Con estas palabras, él revela que el proyecto personal de la vida está escrito por un benévolo designio del Padre. Para descubrirlo es necesario renunciar a una interpretación demasiado terrena de la vida, y poner en Dios el fundamento y el sentido de la propia existencia. La vocación es ante todo don de Dios: no es escoger, sino ser escogido; es respuesta a un amor que precede y acompaña. Para quien se hace dócil a la voluntad del Señor la vida llega a ser un bien recibido, que tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y don".
(Durante el momento de meditación, se puede cantar ocasionalmente un estribillo corto. Se sugiere la melodía de Taizé "La misericordia del Señor cada día cantaré", o cualquier otro).
Oración (Todos juntos)
"La vida de oblación, suscitada en nuestros corazones por el amor gratuito del Señor, nos configura con la oblación de Aquel que, por amor, se entregó totalmente al Padre y totalmente a los hombres.
Esta vida nos lleva a buscar cada día con más fidelidad, junto con el Señor pobre y obediente, la voluntad del Padre respecto a nosotros y al mundo.
La vida de oblación nos hace atentos a las llamadas que el Padre nos dirige por medio de los acontecimientos pequeños y grandes y de las expectativas y realizaciones humanas."
Lector: Hemos intentado hacer un veloz recorrido por los momentos significativos de nuestra vida. También hemos intentado pararnos a contemplar que el misterio de nuestra historia tiene su principio y su fin en la misericordia del Padre. Es ahora en este tercer momento de oración donde os invitamos a hacer de todo lo meditado una oblación agradable a Dios.
(Varios lectores recitan lo siguiente, dejando un breve silencio entre texto y texto. Se sugiere también la posibilidad de acompañar los textos con algún símbolo plástico alusivo que se va depositando sobre el altar. Otra sugerencia puede ser, a cada texto añadir una poco de incienso en el incensario abierto delante del altar)
Lector 1. Ofrezcamos todos los recuerdos de nuestra vida y de nuestra vocación como si fuera incienso para ser quemado delante del altar. Todo nuestro pasado remoto, y aquel más reciente. Todas nuestras esperanzas frustradas por el tiempo, nuestros desengaños y desilusiones. Ofrezcamos todas los pequeños logros de nuestras manos, los momentos de confianza y de felicidad. Toda nuestra vida sobre el altar sea la primicia de nuestra oblación esta tarde. (Breve silencio)
Lector 2. Ofrezcamos nuestro futuro y nuestro presente. Todos los proyectos e ilusiones que pueblan nuestra mente en estos momentos; las inquietudes y problemas que nos angustian; todo nuestro futuro, nuestros planes, sean en tus manos de Padre ofrenda de suave olor. (Breve silencio)
Lector 3. Hemos venido todos a realizar nuestra vocación en una comunidad de hermanos congregados por la intuición espiritual que el P. Dehon nos dejó en herencia. Pongamos toda la congregación en las manos del Padre. Ofrezcamos todas nuestras obras, nuestros proyectos y comunidades. Pongamos sobre el altar todas nuestras comunidades que sufren la persecución, la violencia, la escasez de medios materiales; pongamos también aquellas comunidades en las que falta la comunicación, las auténticas relaciones fraternas; pongamos sobre el altar las comunidades que empiezan a nacer y son nuestra esperanza; no olvidemos poner sobre el altar, todas nuestras comunidades que ven muy cerca la muerte, que sufren la soledad de la ancianidad, todas las comunidades cuyo futuro es incierto; pongamos sobre el altar todos los religiosos en formación, nuestros jóvenes, futuro y promesa de nuestros proyectos; pongamos sobre el altar a todos los religiosos que trabajan duramente por el Reino; pongamos también a aquellos que ejercen el servicio de la autoridad sin olvidar aquellos que trabajan desde el silencio y desde lo que no se ve...
¡Suba hasta Ti Señor, la ofrenda de toda nuestra congregación como víctima agradable a tus ojos. Tú eres el único que sabe lo que quieres de ella, en tus manos está, modélala como Tú quieras.
Canto
Canto del MAGNIFICAT
Oración final:
Padre de misericordia y Dios del consuelo, tu que te has hecho el alimento
fundamental de nuestras vidas con tu Palabra y con el admirable sacramento
de tu cuerpo y sangre,haz que, contemplando las maravillas de tu bondad
y participando de tu cuerpo,
nuestro corazón se configure cada vez más al Corazón
de tu Hijo, para que podamos ser en el Espíritu mensajeros del amor
y servidores de la reconciliación para que venga tu Reino.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Canto final
